Mostrando entradas con la etiqueta WhatsApp. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta WhatsApp. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de noviembre de 2015

Parar

Me levanto por la mañana y lo primero que hago es encender el móvil, revisar mis Whatsapps por si hay algo importante y ponerme al día en las redes sociales. Miro Twitter superficialmente, mientras desayuno deprisa, porque si no lo hago llegaré tarde a la universidad.

Corriendo, cojo mi tren y me monto en los primeros asientos del vagón, para estar más cerca de la puerta y salir antes. A mi lado hay una treinteañera estudiando inglés empresarial. Al otro lado, un hombre de negocios contesta correos electrónicos uno tras otro. Enfrente, una mujer intenta conciliar el sueño. Parece algo normal dormirse en el tren a las siete de la mañana, pero esta escena se repite al mediodía y por la noche con cientos de personas. Eso ya no es tan normal.

El tren se para en Atocha y sufro varios empujones mientras bajo del vagón. La lucha por subir las escaleras mecánicas consiste en ir colándose poco a poco para ir de los primeros y correr hacia el andén. A través del corredor los ciudadanos caminan en direcciones distintas sin mirarse, sumidos en el yo y en la monotonía. Zombies. Cada uno llega a su sitio y espera, inmóvil. Sin sonreír o expresión alegre, profundamente serios.

Grises.

En el siguiente tren, mientras amanece, intento reflexionar el por qué de tanto desapasionamiento. Aunque yo también formo parte de ese entramado convencional, intento mirarlo desde fuera, y solo veo títeres de un gran sistema que nos maneja a su antojo y nos hace esclavos de una nueva droga: el dinero. La enfermedad del siglo XXI es la adicción al trabajo, provocada por un virus absurdo que nos hace confundir lo verdaderamente importante en nuestras vidas. Si no fuera por aquellos trozos de papel de colores cualquier ser humano se habría negado en rotundo a vender su tiempo a la rutina, engatusados tan solo con el hecho de tener más. Pero, ¿más de qué?

Por eso me ha sorprendido ver reflejado hoy, en Twitter, lo que venía pensando toda la semana, y que ciertamente me ha rondado por la cabeza muchas veces a lo largo de mi vida. Se trata de una serie de fotografías que imitan a la mensajería instantánea e ilustran muy bien lo que intento transmitiros, y que pretenden impulsar un movimiento llamado #MakeTimeForLife.






Os invito a deteneros un momento en medio de este caos y valorar lo realmente importante, aquello que nos hace sentirnos vivos, y no aquello que nos vuelve un poco menos hombres y más máquinas. Que trabajar es necesario, pero no lo primordial.

Porque a trabajar vamos todos los días, pero vida solo tenemos una.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Internet y la industria del sexo

Sexo. Internet. Dos grandes industrias. La primera tiene ya miles de años, no en vano la prostitución es la profesión más antigua del mundo. La segunda apenas acaba de nacer y ya nos ha cambiado la vida, aún no tenemos ni una mínima idea de todo lo que puede ofrecernos en un futuro no muy lejano. Yo opino sinceramente que, gracias a internet, acabaremos como en la película de Pixar Wall-E. 

Pero esa es otra historia.

El ser humano siempre ha tendido a magnificarlo todo, a ir más allá. Entonces ¿Qué ocurre si unimos las dos mayores industrias del planeta? El sexo on-line, por ejemplo. Según estimaciones, en 2006 el porno era la sexta industria más adinerada del mundo, con unos 97 millones de dólares. Sin embargo, en los últimos diez años, el avance de internet ha sido cada vez mayor, con lo que el porno y el resto de negocios asociados al sexo en internet han sufrido un auge exponencial.

Con este alcance tan grande, cualquiera puede desarrollar productos relacionados con este ámbito y distribuirlos online, rodar escenas pornográficas y colgarlas en la red, o incluso mostrarse a sí mismo o a otros realizando prácticas sexuales en directo con una simple webcam. De aquí surge un problema, y es que en el mundo existen ciertas personas porque tiene que haber de todo. Es decir:

Raritos + Sexo + Internet = Cosas muy raras

Este humilde redactor no entiende si es que cada día la gente es más creativa, innovadora o simplemente está chalada, pero el caso es que cada día aumenta este negocio, y con beneficios. A lo mejor es que vivimos en una época en la que los complejos se están abandonando y el sexo, como antiguo tema tabú, está saliendo a la luz junto con todas las prácticas que la gente puede llegar a realizar para obtener placer. Por ejemplo:

- Autolesión erótica: El BDSM es conocido hoy en día, muy a mi pesar, por la famosa saga de libros llevada a la gran pantalla 50 Sombras de Grey. Para mí, una horrible forma de introducirse en este tipo de prácticas, pero ese es otro tema. Es verdad que, de primeras, nos puede parecer chocante, pero hay gente que disfruta con el control, la dominación, la sumisión, e incluso el dolor.

El sadomasoquismo es una práctica que muchas personas siguen por la cantidad de placer que sienten cuando son maltratados durante el acto sexual y que muchas personas llevan a cabo elevando el nivel: Insultos; golpes; azotes; vejaciones; la llamada “asfixia autoerótica”, que consiste en utilizar el método del ahogamiento durante el coito; e incluso, en el mayor de los extremos, – Lo siento por los sensibles, pero lo he visto con mis propios ojos – arrancarse los genitales, un dolor máximo que conlleva el placer máximo y que solo se puede realizar una vez, como es lógico. Es como el “Santo Grial” del placer para muchas personas.

- Sexo con animales La zoofilia es real, amigos. Por internet circulan inmensas cantidades de vídeos, imágenes e incluso relatos eróticos de gente practicando sexo con animales. Muchas veces los perros son una fantasía recurrente para los zoofílicos, pero los caballos, por ejemplo, también son objeto de deseo.

- Sexo “asqueroso” Siento el nombre si he ofendido a alguien, pero no se me ocurría ningún título más apropiado para este apartado. Para muchas personas, el asco y la repulsión son fuente de placer. La escatofilia, el gusto por la presencia de las heces durante el coito; la llamada “lluvia dorada”; los vómitos; y prefiero no relataros una escena que llegó a mi móvil a través de Whatsapp que incluía todo esto además de una caja de cucarachas y una batidora.


No debemos olvidarnos de todas las redes sociales basadas en el sexo que existen ni de los productos en general que existen en internet para uso y disfrute de los más… ¿Originales? Durante el sexo, como el llamado Pene-alien, un dildo de unos veinte centímetros que introduce unos huevos mucosos en la cavidad de nuestro cuerpo que más prefiramos, como si tuviéramos un "encuentro en la tercera fase" con un alien de verdad, para más información: http://www.vice.com/es/read/el-nuevo-fetiche-de-meterse-huevos-alienigenas-980

sábado, 7 de noviembre de 2015

Lo que WhatsApp nos quitó

Siento que estamos perdiendo la faz más humana de las relaciones personales.

Cuando era pequeño –nací en el 95-, si quería quedar con mis amigos, les llamaba por teléfono fijo para concertar una hora y un lugar de reunión. Con esta llamada era suficiente. Tampoco nos llamábamos siempre. Normalmente quedábamos de un día para otro. Si la línea estaba ocupada, íbamos a buscar a ese amigo. El caso es que nuestra comunicación a través de la tecnología se limitaba a una breve llamada de teléfono. No nos contábamos nada más. Un lugar y una hora sobraban para sellar nuestra relación. Si acaso, “tráete un balón” era la guinda de la conversación. Reservábamos nuestras energías e inquietudes para el vis a vis. El gris de volver a casa solo se coloreaba con la promesa de repetir al día siguiente.

Cuando crecí un poco, aparecieron Messenger y Tuenti. Fue una revolución. Dirán que Facebook también. Bueno, yo no usaba Facebook. Me parecía algo muy adulto... Con una conexión a internet y un ordenador de sobremesa, podíamos escribirnos lo que quisiésemos, además de mandarnos emoticonos. Como no nos cobraban por palabra, empezó la decadencia. Sí, usábamos Messenger y Tuenti para quedar, pero también lo usábamos para sustituir las conversaciones presenciales. La tecnología nos quitó las heridas en las rodillas, las zapatillas encharcadas por la lluvia y el barro de los pantalones. Un dios bondadoso nos libró de los resfriados en invierno y del sudor en verano ¿Para qué? Si tras la pantalla la relación se volvía plana. No había, ni hay hoy día, pastillas contra los dobles sentidos. Con qué intención escribía uno… Y con qué intención entendía el otro… Sigue pasando. Por fortuna, el ordenador era pesado, y teníamos que compartirlo con toda la familia.

Con los primeros móviles no hubo mucha diferencia. Era más un símbolo de prestigio que un cambio significativo. Nos aportó cierta privacidad. Nuestros padres nos compraron el primero para que estuviésemos localizables y emergencias. A parte de llamar, también mandábamos SMS con los límites que estos mensajes imponían. Teníamos un ojo puesto en la pantalla y otro sobre la factura.

Ahora tenemos teléfonos Smart: el híbrido perfecto entre ordenador y teléfono. Tiene wifi, datos, google, y aplicaciones infinitas entre las que se encuentra WhatsApp. Le falta un abrebotellas para ser la navaja suiza de las nuevas tecnologías. Podemos usarlo con una mano y tenerlo siempre con nosotros operativo en cualquier parte del mundo. Es como una prótesis de conectividad. “Póngame una tarifa plana intravenosa, dirá alguien un día de estos. WhatsApp nos permite enviar fotografías, vídeos, audios, llamadas, estados, iconos, mensajes de texto, etc de forma inmediata. Es genial porque además es gratis. Aunque lo usamos constantemente, ¿somos conscientes de lo que nos quita? Me permito llamarlo ‘coste de oportunidad del canal’. Pondré un ejemplo que ilustre este concepto. Imagine que conoce a una persona que no ve a menudo, pero que puede acceder a ella en no más de tres cuartos de hora. Sus obligaciones personales les llevan a escribirse por WhatsApp y conocerse a través de la aplicación. No imaginan lo que han perdido. No escucharon la voz. Desconocen cómo huele la otra persona. Tampoco saben sus gestos. Si viviésemos en una sociedad de cerebros aislados que se comunican con señales eléctricas, WhatsApp solucionaría todas nuestras necesidades comunicativas. Sin embargo, no es así. Por más que sigan escribiéndose y viéndose en fotos, solo conocerá lo que la otra persona determine, empaquete y envíe de ella. Aun de este modo, imagine que siente atracción por la otra persona. Pues bien, su encuentro en el mundo físico será, como mínimo, incómodo. Al menos hasta que hablen de verdad y se conozcan de verdad. El problema es que muchas personas utilizan WhatsApp hoy día como sustituto de las relaciones personales. Perdemos toda la intimidad que genera charlar con una persona. Vía WhatsApp podrá saber mucho sobre ella, pero jamás conocerá como mueve los pies al caminar, como se sienten las manos o el auténtico brillo de sus ojos. WhatsApp es más rápido. Un paseo es más completo.

No consintamos que las relaciones personales se reduzcan a las redes sociales.